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En el jardín abundaban las flores más preciosas, y de las más maravillosas pendían campanillas de plata que tintineaban para que nadie pudiera pasar ante ellas sin observarlas. Los cortesanos querían oírla de nuevo, pero el Emperador opinó que también el ruiseñor verdadero debía cantar un poco. Nadie se había dado cuenta de que, volando por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque. -dijo el Emperador; y todos los cortesanos lo llenaron de improperios, y tuvieron al ruiseñor por un pájaro extremadamente desagradecido. -dijeron-, y el ave artificial hubo de cantar de nuevo, repitiendo por trigésima cuarta vez la misma canción; pero como era muy difícil no consiguieron aprendérsela.

Sí, en el jardín del Emperador todo estaba diseñado con sumo ingenio, y era tan extenso que hasta el mismo jardinero desconocía dónde estaba su final. El Director de la Orquesta Imperial lo alabó extraordinariamente, asegurando que era mejor que el ruiseñor auténtico, no sólo en lo concerniente al plumaje y los espléndidos diamantes, sino también en lo interno.

Mas el ruiseñor le dio las gracias, diciéndole que ya se consideraba suficientemente recompensado.

En China, como sabes, el Emperador es chino, y chinos son también todos sus súbditos. Y el mayordomo, volviendo al Emperador, le dijo que probablemente era una de esas fábulas que ponen en los libros. Si no se presenta, todos los cortesanos serán pateados en el estómago después de cenar. -dijo el mayordomo, y corriendo a subir y bajar escaleras y a atravesar salas y pasillos, y media Corte corriendo con él, pues a nadie le hacía gracia que le dieran patadas en la barriga. Así es que el pájaro artificial tuvo que cantar solo. Hubo incluso once verduleras que pusieron su nombre a sus hijos, pero ninguno de ellos tuvo aptitudes musicales. La ciudad entera hablaba del extraordinario pájaro, y cuando dos se encontraban, se saludaban diciendo el uno: «Rui» y respondiendo el otro: «Señor»; y suspiraban y se entendían entre sí.Aquellos libros dieron la vuelta al mundo, y algunos llegaron hasta el Emperador. Podrán todos oírlo cantar -dijo el Emperador; y lo oyeron, y quedaron tan satisfechos como si se hubiesen emborrachado con té, pues así es como lo hacen los chinos; y todos gritaron: «¡Oh!Sentado en su trono de oro leía y leía, y de vez en cuando hacía con la cabeza gestos de aprobación, pues le complacía leer aquellas magníficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jardín. », y levantaban el dedo, aquel con el que se rebañan las cacerolas, y asentían con la cabeza.

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